ARTÍCULO PARA LA REVISTA TRÉBEDE,  NÚMERO DE MARZO DE 2001 (José María Ariño)

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                        DOS VIAJEROS ROMÁNTICOS POR ARAGÓN

                                                                                                                                

En septiembre de 1844, el escritor romántico balear José María Quadrado y el pintor y litógrafo barcelonés Francisco Javier Parcerisa emprenden juntos un viaje de más de seis meses por Aragón para rescatar del olvido los principales monumentos artísticos de nuestra región y deleitarse en la  contemplación de nuestros parajes naturales. Este viaje artístico-literario forma parte de un ambicioso proyecto editorial de once volúmenes titulado “Recuerdos y Bellezas de España”. El tomo dedicado al Reino de Aragón es uno de los más equilibrados y de los mejor elaborados tanto artística como literariamente.

 

            Aragón, ruta de los viajeros románticos.

           

La idea del viaje es ya esencial en la época de la Ilustración. A finales del siglo XVII se plantea el viaje como forma de conocimiento. Los jóvenes aristócratas ingleses son los pioneros de un tipo de viajes ilustrados, motivados por el descubrimiento  del continente y deseosos de enriquecer su formación con nuevas experiencias. Este tipo de viajes educativos, que llega a su apogeo en el siglo XVIII, se denomina Grand Tour. España quedó, en un principio, al margen de este tipo de viajes, aunque se incorporaría poco después.

             El Romanticismo irá ampliando progresivamente este tipo de trayectos. De todos modos, la mayoría de los viajeros que llegan a España a finales del siglo XVIII o a principios del XIX se dejan llevar por una serie de tópicos negativos sobre nuestro país: el fanatismo religioso, la indolencia de los españoles, la desolación del paisaje, las malas condiciones de las posadas o los monumentos en ruinas se convertirán progresivamente en alicientes para el viajero foráneo, especialmente para el viajero romántico.

            Aragón no había de ser una excepción para los románticos europeos, ávidos de aventuras y deseosos de visitar una de las regiones españolas menos conocidas. Nuestra región no ofrece  al viajero superficial los atractivos paisajísticos de Andalucía, los monumentos de Toledo o las tradiciones culturales y literarias de la capital de España. Sin embargo, muchos viajeros románticos, siguiendo la pauta del castellonense Ponz y aprovechando la situación fronteriza con Francia, se aventuran a visitar una de las regiones españolas más vastas y desconocidas.[1]

            El reciente libro de Esther Ortas  Viajeros ante el paisaje aragonés,[2] analiza con coherencia y profundidad la andadura de numerosos viajeros ilustrados, prerrománticos y románticos por tierras aragonesas. El denominador común de las experiencias que estos viajeros plasman en sus diarios es la de una región con un paisaje austero y desolado, prácticamente desconocida para el viajero ilustrado y enormemente atractiva para el viajero-artista, sensibilizado por un marco natural sublime y pintoresco. Viajeros como Gustave D’Alaux, Vittorio Alfieri, Jean François Bourgoing, Alexander Slidell Mackenzie, Charles Dembowski, Giuseppe Baretti o Antonio Conca se hacen eco del carácter pintoresco de nuestra región y elogian la singularidad de una tierra de innegables encantos estéticos.

            Los viajeros románticos contemplan la aparente desolación del paisaje aragonés como una experiencia estética irrepetible. Desde las altas cumbres de los Pirineos hasta las eminencias de las tierras turolenses pasando por los valles del Ebro o del Jalón, los pocos viajeros que visitan nuestra región – muchos de ellos por motivos profesionales o como ruta de paso hacia el centro o el sur de España – quedan impresionados por bellezas naturales y arquitectónicas desconocidas para el gran público. También les llama la atención el carácter hospitalario de los aragoneses, su peculiar indumentaria y el arraigo de numerosas tradiciones  populares.[3]      

 

            Importancia de Recuerdos y Bellezas de España.

           

La colección artística Recuerdos y Bellezas de España es mucho más que un simple libro de viajes. Francisco Javier Parcerisa, editor y promotor de esta ambiciosa empresa, se propone desde el principio rescatar del olvido los principales monumentos artísticos de España, plasmando en más de quinientas litografias lo más peculiar de nuestro patrimonio artístico y cultural. Esta aventura ocupará durante más de treinta años no sólo al artista barcelonés sino a cuatro colaboradores literarios: Pablo Piferrer, que se ocupará de los dos volúmenes de Cataluña y del tomo dedicado a Mallorca; Francisco Pi y Margall, que redactará el tomo de Granada; Pedro de Madrazo, que escribirá los volúmenes dedicados a Córdoba y Sevilla y Cádiz; y José María Quadrado, que será el responsable de la mayoría de los volúmenes: además del tomo de Aragón, será el autor literario de los volúmenes dedicados a Castilla la Nueva, Asturias y León, Valladolid, Palencia y Zamora y Salamanca, Ávila y Segovia.

            El litógrafo y los cuatro literatos recorrieron gran parte de nuestra península y plasmaron en cuidadas páginas los frutos de sus observaciones artísticas. Los monumentos y el paisaje aparecen a los ojos del lector con un enfoque idealista y nostálgico que nos remite con frecuencia a la España Medieval, punto de partida de la filosofía de los viajeros románticos. Hay que destacar además, la exactitud y fidelidad de las descripciones y de los datos históricos así como el sentido religioso y el talante conservador que predomina en la mayoría de las páginas.

            En la Introducción  del primer volumen dedicado a Cataluña, que apareció en 1839, el editor barcelonés explicita su intencionalidad y se lamenta de las recientes destrucciones, intentando paliar en lo posible el perjuicio provocado a nuestro patrimonio artístico:

 

   Ya que tanto se ha destruido, procuremos al menos hacer apreciable lo que nos queda, y reparar en lo posible los agravios que la demolición hizo al Arte, publicando en láminas, en cuanto sea posible, lo que ya no está en pie, y conservando la memoria de aquellos monumentos de arquitectura gótica, recuerdo de la piedad y fe de nuestros padres, y de la magnificencia y esplendor de la España.[4]

 

            Esta colección, que aparecía por entregas quincenales, llegó a tener numerosos suscriptores en toda España, especialmente las personalidades más relevantes de las artes y las letras de Madrid y de Barcelona. Los reyes también colaboraron a la empresa pagando doscientos ejemplares. La litografía que acompañaba a cada cuadernillo era un valioso reclamo para el suscriptor amante del arte y de la literatura de viajes. El lápiz de Francisco Javier Parcerisa, que complementa perfectamente las descripciones de los viajeros con sensibilidad artística, se inspira en el francés Alexandre de Laborde, en el escocés David Roberts y en otros dibujantes de la época. La inspiración literaria  de la obra se debe sobre todo al francés René de Chateaubriand, autor de Las aventuras del último Abencerraje,  al escocés Walter Scott, autor de novelas como Ivanhoe o El talismán .y a Víctor Hugo, autor de Nuestra Señora de París. También están presentes los románticos europeos Goethe, Schiller y Byron y los españoles Larra, Martínez de la Rosa o Patricio de la Escosura.

            Las publicaciones pintorescas que circulaban por toda Europa también tuvieron su importancia como inspiradoras de la colección. La revista romántica El Artista, dirigida por Patricio de la Escosura y Federico de Madrazo, puede considerarse como la precursora inmediata de esta serie artístico-documental, en la que Aragón ocupa un lugar importante.

 

            El volumen dedicado a Aragón.

           

El escritor balear José María Quadrado recorrió las principales ciudades de nuestra región desde septiembre hasta diciembre de 1844 junto con el dibujante y litógrafo barcelonés Francisco Javier Parcerisa. Estas excursiones artísticas dieron como fruto un volumen de más de cuatrocientas páginas y de cuarenta y ocho láminas litografiadas que llegarían a los suscriptores por entregas entre 1844 y 1848.

            La Introducción del volumen es muy importante, no sólo porque refleja la intencionalidad del autor, sino porque se ocupa además de la historia medieval de Aragón  y de las instituciones aragonesas, entre las que destaca la figura del Justicia de Aragón, peculiar juez medieval entre el monarca y las cortes. Quadrado invita al lector en estas primeras páginas a abandonar los caminos trillados y a adentrarse con mentalidad artística y sensibilidad poética en un país virgen y desconocido. El elogio a los atractivos artísticos de nuestra región queda sintetizado en estas líneas:

 

   Catedrales graciosas y esbeltas como la de Barbastro, graves como la de Tarazona, majestuosas como la Seo de Zaragoza asomarán por cima de sus amuralladas ciudades; brotarán severos y grandiosos monasterios  en el seno de los desiertos, a orillas de los ríos, en el hueco mismo de los peñascos; y almenados castillos aparecerán en las alturas, confundiéndose con las rocas, o descollando entre fortificaciones modernas con sus lindos ajimeces o rojizos torreones.[5]

 

            El volumen se divide en tres partes. Cada una está dedicada a una provincia. El itinerario de los dos viajeros románticos por Aragón tiene como punto de partida la parte oriental de Huesca, en el límite con Cataluña. Es un recorrido casi circular por las principales ciudades aragonesas – de entre  las que los autores seleccionan doce – que acaba precisamente muy cerca de Fraga, con la visita a Caspe y al cercano Monasterio de Rueda.

            La provincia de Huesca brinda a Parcerisa y Quadrado una serie de atractivos paisajísticos y arquitectónicos que quedan plasmados en poéticas descripciones y en selectas litografías. El literato describe con admiración los pintorescos valles que bordean el río Cinca, la calle de las fuentes  de Barbastro que compara con una calle de Venecia o la majestuosa torre de la colegiata de Pertusa, cuya lámina encabeza esta primera parte. Las elevadas y escarpadas eminencias de los Pirineos, que los viajeros contemplan desde Jaca, despiertan su admiración por su carácter salvaje y sublime. Tampoco son ajenos a la pluma o al pincel de Quadrado y Parcerisa algunos detalles costumbristas de la provincia altoaragonesa como son una procesión de Semana Santa en la catedral de Barbastro, una antigua chimenea en Jaca o una litografía con habitantes de los valles de Hecho y Ansó, con su peculiar indumentaria. Uno de los monumentos que más llama la atención de los viajeros decimonónicos es el antiguo monasterio de San Juan de la Peña. Su claustro – cuya lámina adjuntamos – colma las aspiraciones de la sensibilidad romántica tanto por la conmoción sublime que produce en los viajeros como por la perfecta armonía entre la arquitectura y el entorno natural que rodea al monumento. La descripción de Quadrado revela además un profundo sentimiento religioso:

 

La primera mirada y el primer asombro es para la negruzca y rojiza peña, que arrancando de una de las alas del claustro, corta atrevida los aires en su gradual elevación hasta lanzarse más allá de la ala opuesta, y cobija el recinto entero bajo su macizo toldo. Desde el corredor descubierto los ojos del cenobita no podían elevarse al cielo sin tropezar con la imponente mole, que semejante a Dios, según la disposición de ánimo y las ideas de cada cual, tan pronto para proteger amorosa, como amenazar irritada al monasterio enclavado en su seno.[6]

 

            Quadrado y Parcerisa continúan su viaje artístico por la provincia de Zaragoza. La capital aragonesa ocupa importantes páginas narrativas y descriptivas. El escritor menorquín sintetiza con coherencia la historia de Zaragoza basándose en anales y crónicas. Uno de los monumentos civiles de la ciudad que más llama la atención de los viajeros es la Torre Nueva, situada en la pequeña plaza de San Felipe. Quadrado destaca la altura e inclinación de este singular monumento, desde el cual puede contemplar una pintoresca perspectiva. Su descripción culmina con una premonición  que anticipa el final de esta torre, única en género y admirada por todos los viajeros que visitaban la ciudad aragonesa:[7]            

Ocho balcones salientes forman la galería en cuyo centro cuelga la campana principal; y el que suba las 260 gradas de la escalera que gira entre los muros exteriores de la torre y otro interior paralelo, ve su fatiga compensada con la perspectiva que le presenta la ciudad agrupada en derredor a sus plantas, y su vastísimo horizonte surcado por ríos y canales, bordado de huertas y alamedas... Aumenta el vértigo del espectador la inclinación de la altísima mole hacia el sudoeste de más de nueve pies, que si bien no creemos todavía precursora de ruina, sentimos, a vista de la hendidura abierta en su parte inferior, no poder atribuir a capricho y alarde del artífice más bien que a ultraje del tiempo.[8]

 

            El recorrido por la provincia de Zaragoza  comienza por las cercanías de la ciudad con un paseo en barca por el Canal Imperial sobre el río Jalón y continúa por las principales ciudades zaragozanas. De Tarazona destaca Quadrado su poética situación, sus tradiciones, la armonía entre el arte y la naturaleza  y el carácter suave y apacible de sus moradores. No menos impresionado queda el viajero romántico al visitar Calatayud, ciudad enriquecida por la naturaleza y el arte. La antigua Bílbilis, patria de Marcial, con sus dos colegiatas y su pintoresca torre de Lopicado o del reloj, excita la imaginación del escritor y del artista que, al contemplar la ciudad desde unas casas excavadas en las peñas, no dudan en describir metafórica y poéticamente el paisaje urbano y su entorno, cual si fuera un puerto de mar:

 

   La imaginación concibe allí un seguro puerto donde dormita Calatayud, y transforma en playas los recodos del barranco, las casas en embarcaciones cuyo número oculta las aguas, los castillos  en atalayas diseminadas por la áspera costa. Y para realce de los tonos de semejante cuadro rojizos y blanquecinos en su mayor parte, el verdor de su deliciosa vega alfombra la llanura, y enriquecido por las corrientes del Jiloca y del Ribota ciñe el Jalón, cual franja de azul y plata, el borde del camino.[9]

 

            La monumental Daroca completa el recorrido de los dos viajeros por las ciudades Zaragozanas. Las tradiciones milagrosas como la  de los santos corporales y su carácter medieval reavivan la fantasía del caminante que, al contemplar la Puerta Baja a la luz de la luna vuelve a recordar entusiasmado las épocas medievales más gloriosas:

 

Y si llega el caminante a deshora, cuando sólo turba la alta quietud el rumor de la copiosa fuente derramándose en el vecino pilón por veinte caños, cuando los rayos de la luna se quiebran misteriosos en los dos pardos gigantes de piedra, se creerá transportado a un mundo que ya no subsiste sino en las leyendas, y que una generación difunta va a hospedarle en su intacta mansión y asociarle a su fantástica existencia.[10]

           

            Dos breves pero interesantes capítulos reclaman la atención del lector en esta segunda parte del volumen: Quadrado dedica sendas partes a los monasterios zaragozanos de Veruela y de Piedra. La visita al Monasterio de Veruela coincide con el 1 de noviembre de 1844.[11] El monasterio bizantino del siglo XII, dominado por el formidable Moncayo, cual un dios protector, presenta a los ojos de Quadrado un aspecto exterior austero y belicoso. Cuando penetra en el interior de la templo y del claustro bizantino, coincidiendo con la noche anterior al día de difuntos, el viajero balear recrea una atmósfera romántica, anticipándose a las posteriores evocaciones becquerianas:

 

Dícese que a veces lamentables gemidos se exhalan de aquellas tumbas, que las serpientes y endriagos de los capiteles del claustro se animan por intervalos formando un infernal concierto de aullidos, silbidos y lloros como de infante, pero no son aquellos sino caprichos y modulaciones del viento en los corredores solitarios. Sin embargo, si tienen voz los monumentos, si en medio de la insensibilidad del hombre resta algo en la naturaleza, o más arriba en la región invisible, que por ellos se interese, oiréis allí la voz de la desolación que llora sobre Veruela.[12]

 

            El Monasterio de Piedra sorprende a los viajeros no tanto por su variada aunque decadente arquitectura como por su belleza natural y paisajística. La contemplación de la famosa cola de caballo conmueve a los viajeros por su sublimidad. La altura y profundidad de la cascada del río Piedra, el fragor de la caída de los dos copiosos arroyos  y las pardas y rojizas tintas de las peñas emocionan al artista sensibilizado que confiesa su pequeñez ante la grandiosidad de la naturaleza que eleva su espíritu al Creador.

 

            El recorrido por la provincia de Teruel es más breve y rápido. Quadrado y Parcerisa visitan primero Albarracín a finales del mes de noviembre. La contemplación de la ciudad desde un puente de tablas que atraviesa el río Guadalaviar, ya con el crepúsculo, sugiere a los viajeros dos sensaciones complementarias. Destaca primero la visión de la ciudad turolense como una arcadia renacentista: la modesta vega encerrada en el valle, el humo que se cierne sobre los grupos de cabañas, los balidos de las ovejas...Aparece después el carácter salvaje y agreste de un enclave de carácter bélico, ceñido de almenas, perdido en un valle solitario y rodeado por eminencias con unas rocas amenazantes.[13]

            La llegada a Teruel sorprende a los viajeros por la aridez de sus tierras y el movimiento de sus habitantes, en contraste con el lo escarpado y solitario de Albarracín. Una de sus joyas artísticas, bastante deteriorada en la época, es la torre mudéjar de San Martín, que encabeza como portada esta tercera parte de la obra. La plaza de la capital muestra además un encanto especial por su variedad arquitectónica y por la disposición irregular de sus edificios. Quadrado no puede evitar la evocación de épocas pasadas, trasladándonos a la Edad Media turolense. Critica también la fría regularidad de las modernas construcciones:

 

En las angostas si bien aseadas calles, pocas ventanas ojivas, pocas torres ahumadas evocan en la memoria las tumultuosas escenas de la edad media; pero la altura y el pardo tinte de los muros prestan a las casas solariegas un aspecto sombrío y fuerte análogo a la historia de asechanzas, combates, asaltos, al par que atestiguan la magnificencia de sus primeros poseedores. Rodeada de pórticos la plaza, cuyo testero realza la fachada de las casas municipales y cuyo centro adorna vistosa fuente, debe a su animación y colorido local un encanto pintoresco igual casi a la poesía de sus monumentos y superior a la regularidad de modernas construcciones.[14]

 

            El itinerario de los viajeros románticos por tierras turolenses se completa  con la visita a la risueña y frondosísima Alcañiz. Antes de llegar a la ciudad del Guadalope, Quadrado destaca con brevedad la riqueza artística  de Mora de Rubielos y Rubielos de Mora, los muros de piedra que cercan a Mirambel, las fábricas de papel de Villarroya o los ya famosos quesos de Tronchón. Alcañiz muestra a los viajeros los pintorescos pórticos de las casas consitoriales, con predominio de elementos renacentistas y el monumental castillo sede medieval de los comendadores del reino de Aragón.

 

 

            Importancia de Recuerdos y Bellezas de España.

           

La obra de Francisco Javier Parcerisa ocupa aún un lugar destacado entre todas las aventuras editoriales  emprendidas en España durante el siglo XIX. Su valor no es sólo artístico. Las litografías de Parcerisa van acompañadas de unos textos literarios que revelan una estética y una ideología peculiares. Sus colaboradores, especialmente Piferrer y Quadrado, se convierten en intérpretes privilegiados del espíritu de su época y representan un romanticismo conservador que mira con nostalgia al pasado medieval, heroico y caballeresco, enfrentándose a la moderna civilización positivista y atea promovida por la ilustración materialista del siglo XVIII.

            Desde del punto de vista de la historiografía del arte hay  que destacar el afán de estos viajeros y artistas románticos por rescatar del olvido los restos de monumentos antiguos, especialmente románicos y góticos,  e iniciar un proyecto coherente e idealista de restauración de lo antiguo, sobre todo de lo medieval.[15]

            El éxito de esta colección artística fue tal que, pocos años después, obras similares aparecieron en España difundiendo en pocos años, a nivel popular lo más representativo de los monumentos españoles. Destacan sobre todo España artística y monumental de Genaro Pérez Villamil y Patricio de la Escosura, España pintoresca y artística de Francisco de Paula van Halen y Toledo pintoresca y Sevilla pintoresca de José Amador de los Ríos. Hay que tener en cuenta también la influencia de la obra de Parcerisa en la empresa inconclusa recomendada a Gustavo Adolfo Bécquer: Historia de los templos de España. El espíritu de Piferrer y de Quadrado fue heredado por el escritor sevillano dos décadas después.

            La editorial Cortezo de Barcelona reeditó la obra en la década de los ochenta bajo el título España, sus monumentos y artes, su naturaleza y su historia. Esta nueva colección amplía su contenido al resto de las provincias de España y actualiza algunos datos de interés. No tiene, sin embargo, tanto valor como la de Parcerisa, ya que los dibujos y cromolitografías no tienen la frescura y originalidad de las litografías del artista barcelonés.

                                              

                                                                       José María Ariño Colás

                                                                       Profesor de Lengua y Literatura

                                                                       en el I.E.S. “Pablo Gargallo”



[1] Para conocer mejor las experiencias de los viajeros ilustrados y románticos por Aragón, son muy útiles las obras de Jean-René Aymes, Aragón y los románticos franceses (1830-1860), Guara Editorial, Zaragoza, 1986; Marcos Castillo Monsegur, XXI viajes (de europeos y un americano, a pie, en mula, diligencia, tren y barco) por el Aragón del siglo XIX, Zaragoza, 1990;  los artículos de Jesús Rubio: “Aragón romántico: entre el pintoresquismo y lo sublime, en Tercer Curso de Lengua y Literatura en Aragón, Institución Fernando el Católico, 1994  y El viaje artístico-literario: Una modalidad literaria románticaen Romance Quaterly, 32-1, 1992  y  el artículo de Mª Elisa Sánchez Sanz: “Viajeros por Teruel. Una introducción a su estudio”, Temas de Antropología Aragonesa, 4, 1993.                                    .

[2] En este libro, editado por la Institución Fernando el Católico y publicado en 1999 por la Excma. Diputación de Zaragoza, Esther Ortas  plasma los testimonios de los viajeros por Aragón durante casi un siglo (1759-1850) y ahonda en un aspecto desatendido de la literatura de viajes por España: la visión de la naturaleza y del paisaje que ofrecieron los viajeros que recorrieron nuestra región a finales el siglo XVIII y durante la primera mitad del siglo XIX.

[3] Cfr. Esther Ortas Durand, El pintoresquismo de personas, tipos e indumentarias aragoneses según los viajeros de la primera mita del siglo XIX, en V Curso sobre Lengua y Literatura en Aragón. Localismo, costumbrismo y literatura popular,  Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1996.

[4] Pablo Piferrer, Recuerdos y Bellezas de España, Introducción al tomo I de Cataluña, p. 8.

[5] José María Quadrado, Recuerdos y Bellezas de España, Introducción al tomo de Aragón, p. 4.

[6] Íbidem, volumen de Aragón, p. 207.

[7] La litografía que adjuntamos refleja más que su inclinación, su extraordinaria altura y originalidad.

[8] José María Quadrado, Recuerdos y Bellezas de España, volumen de Aragón, p. 251.

[9] Íbidem, volumen de Aragón, p. 349.

[10] Íbidem, p. 362.

[11] Adjuntamos la lámina con la visión panorámica del monasterio.

[12] José María Quadrado, Íbidem, p. 332.

[13] Adjuntamos la litografía con la visión panorámica de Albarracín.

[14] José María Quadrado, Íbidem, p. 391.

[15] Hay que tener en cuenta los estragos de la invasión napoleónica en España a principios del siglo XIX, la primera guerra carlista  en los años 30 y la desamortización de Mendizábal. Todos estos acontecimientos resultaron funestos para los monumentos artísticos españoles.